La importancia del chambré

por | May 10, 2017 | Blog | 0 Comentarios

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Seguramente te hayas visto envuelto en la siguiente situación: has preparado un exquisito maridaje de menú y vino pero te falta un detalle: el chambré.El termino chambré proviene del francés y se utiliza para indicar que la temperatura de un vino es semejante a la de la habitación en que se realiza su degustación. Este significado de temperatura ambiente o chambré no hay que tomárselo al pie de la letra, ya que hace referencia a un término francés para “templar” los vinos. Los vinos llegaban muy fríos de bodega y había que templarlos previamente en el comedor. Estamos hablando de la Francia de siglos atrás, y en cuyas casas la temperatura nunca pasaba de los 17 o 18 grados. Una temperatura ambiente que no es la misma que, por ejemplo, la de Córdoba en verano, ni la de cualquier salón con una calefacción potente.

Uno de los errores más frecuentes que cometemos es tratar de mantener el vino a temperatura ambiente ya que podría arruinar y modificar la percepción de las características de ese vino que has elegido con tanto cariño para tus invitados. Y, es que, la temperatura adecuada a la hora de tomar un vino, ya sea común o de una gran añada, es más importante de lo que parece.

Como hemos dicho, la temperatura de servicio del vino influye de una manera notable para que podamos apreciar todas sus virtudes. Servido con una temperatura no adecuada, hasta el vino más exquisito nos puede llegar a defraudar. Es tal, que la temperatura puede afectar de manera dramática en el sabor o el aroma de un vino. De esta forma, si su chambré es ideal, nos aseguraremos de tener la mejor experiencia en la degustación de ese vino concreto.

¿Cómo se si la temperatura de un vino es la adecuada?

Simplemente tocar la botella con las manos o beber un poco son acciones suficientes para saber si el vino está a su temperatura adecuada o no. Por otro lado están las cavas, que permiten mantener en perfectas condiciones y a su temperatura ideal de servicio las botellas en función del vino que vayamos a degustar. Por último, existen los termómetros diseñados para comprobar la temperatura de las botellas y permiten tener un mayor control sobre el vino.

Otro de los factores que hay que tener en cuenta es la temperatura que hay en la sala donde vamos a comer o cenar. El vino, si está muy frío, puede aumentar rápidamente su temperatura con el calor ambiente. En cambio, un vino servido a temperatura muy alta perderá parte de sus virtudes, ya que al estar más caliente, se potencian más el alcohol y el azúcar del vino en detrimento de sus aromas, que se pierden. Por el contrario, si el vino se sirve demasiado frío se produce una mayor sensación de astringencia y aspereza en el paladar y, el paso por boca, anestesia las papilas de la lengua impidiendo percibir correctamente los sabores del vino.

Entonces, ¿a qué temperatura debo servir el vino?

En lo que a vinos tintos se refiere, deben servirse con un margen de temperatura que oscile entre los 13-15 grados para que, al degustarlo, alcance sus 16-18 grados ideales. De esta forma, el vino conserva todos sus matices y hace que se perciba de forma adecuada su finura y complejidad aromática. Si la temperatura es elevada, la volatilidad del alcohol inundará el paladar y no permitirá que captemos los distintos aromas del vino tinto. Este exceso hará que el vino resulte demasiado áspero para el paladar, desapareciendo de esta forma su capacidad olfativa, a la vez que apreciaremos en exceso su cuerpo y la astringencia provocada por los taninos.

En cuanto a la temperatura en los blancos y rosados depende del tipo de vino que sea. Como norma general se puede considerar que el límite más bajo para su conservación es de unos 4-5 grados, aunque para ajustar bien su temperatura se ha de tener en cuenta su contenido en azúcar y su estructura tánica.  Los vinos de crianza, que han pasado por barrica y botella, deben presentar una temperatura de unos 10-14 grados para que puedan ser percibidos con claridad. En el caso de los rosados, los blancos jóvenes o los vinos dulces, su temperatura límite está en los 8 grados. Una temperatura elevada dejará al vino blanco, por ejemplo, sin esa elegancia que le caracteriza.

En conclusión, debemos tener en cuenta que el frescor sirve de moderador en cuanto a la fuerza alcohólica, los excesos de azúcar y las sensaciones ácidas. Sin embargo, el calor provoca la sensación contraria, ya que exalta todas esas sensaciones y regula el amargor de los taninos. Se puede decir que los vinos tánicos requieren más temperatura mientras que los más ácidos demandan servirse más fríos. Es por ello que la fórmula para que no nos veamos envueltos en la situación inicial es preparar el vino con tiempo. Sólo de esta forma lograremos que la temperatura no impida que podamos disfrutar de una celebración acompañada de un buen vino.

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